Camino a la gloria

En el mundo hay historias más poderosas que las de ficción y Hollywood nunca renunciará a ellas; las busca con desenfado para lograr la captación de la audiencia y obtener, por ende, el reconocimiento de los expertos de la academia, plasmado en premios de diferente naturaleza.

Una muestra de eso es «Camino a la Gloria», que narra un aspecto de la vida de Don Haskins (Josh Lucas), el primer entrenador de baloncesto universitario, en los Estados Unidos, quien utilizó una rotación completa de jugadores afroamericanos, algo que desafió el racismo en esa nación, hace ya varias décadas.

Josh Lucas intenta zafarse de sus papeles tradicionales e interpreta a un hombre complejo y, aun cuando ni él ni la película llegan al nivel de premio de la academia, sale airoso del compromiso.

El actor interpreta a un entrenador que quiere el triunfo para el equipo de una modesta universidad que le ha contratado. Nunca supo que haría historia con sus técnicas desafiantes y temerarias, al vencer no sólo en el tabloncillo sino en el enorme tablero de los prejuicios en donde jugaba gran parte de Estados Unidos para ese momento.

Al mando del modesto Texas Western Miners, este entrenador y sus siete jugadores afroamericanos darían una lección al mundo y revolucionarían por completo el deporte de las cestas al abrir puertas que se pensaban cerradas para siempre: la de la inclusión racial.

En esta película Walt Disney presenta su argumento de una manera delicada, sin la crudeza que se vivió realmente, porque tanto el entrenador como los jugadores se vieron afectados en su vida personal ya que fueron blanco de amenazas en contra de sus vidas y las de sus familias.

Como punto a favor está el hecho de que es producida por la compañía de Jerry Bruckheimer, el midas del cine y la televisión, gracias a sus películas como Los Piratas del Caribe y Bad Boys, quien suma éxitos con todas las series de televisión bajo el nombre de CSI; esto le da, sin duda, mucha presencia a la cinta pero al final, le falta intensidad a sus componentes.

El director Jamer Gartner es debutante en la gran pantalla pero tiene en su haber interesantes campañas publicitarias a escala mundial, por lo cual le ha logrado la confianza del estudio; el esfuerzo valió la pena porque realmente su trabajo es bastante bueno para el tipo de largometraje que estaba dirigiendo.

El elenco lo completan Derek Luke (Bobby Joe Hill), Austin Nichols (Jerry Armstrong), Mehcad Brooks (Harry Flournoy, Jr.), Alphonso McAuley (Orsten Artis), Damaine Radcliff (Willie «Scoops» Cager), Al Shearer (Nevil Shed), Samuel Jones III (Willie Worsley), Schin A.S. Kerr (David Lattin), Jon Voight (Adolph Rupp), Emily Deschanel (Mary Haskins), quienes en conjunto hacen un buen papel, aunque faltó una que otra individualidad para darle el toque de locura a la cinta la cual está cerca de ser cosa grande, pero la ausencia de algunos detalles claves, derriba todo el trabajo hecho.

De este conglomerado sólo se puede destacar al antagonista y ganador del premio Oscar, Jon Voight, quien da vida a Adolph Rupp, el entrenador de los Wildcats de Kentucky, un equipo que defendía la supremacía blanca en este deporte y con los mineros protagonizó uno de los encuentros más importantes de la historia del baloncesto.

Voigth, con una participación bastante corta, le dio el peso actoral a las escenas finales donde se definía el juego y el campeonato del baloncesto estudiantil de esa edición; a pesar de su empeño en mantener su equipo con sólo deportistas blancos, mostró siempre su lado humano y su condición de ganador, porque este personaje es uno de los más triunfadores, colocado en el banquillo histórico del juego de las canastas en las ligas universitarias.

En cuanto al reparto, se puede ver la presencia de Samuel Jones III, el mismo Pete Ross de la serie Smallville y de algunas promesas como Derek Luke, sin una figuración extraordinaria, pero efectiva para lo que se buscaba, mostrar una historia de valentía y tenacidad.

Esta película debe marcar una referencia para el cinéfilo, porque hay muchas referencias en la historia de este deporte que se han llevado al cine, de las cuales recomiendo dos en específico, una es «Coach Carter» con Samuel L. Jackson, quien da vida a otro entrenador famoso en la historia, llamado Ken Carter, quien no luchó contra el racismo, sino contra la mediocridad; en segundo lugar debe verse el largometraje «Rebound: la Leyenda de Earl Manigault», donde se retrata la vida del mejor jugador de basquet de todos los tiempos, «La Cabra», quien infundió temor en sus contrincantes y se perdió en el mundo de las drogas para luego emerger tratando de evitar que muchos jóvenes repitieran sus errores.

El escenario era propicio para que se diera esta revolución, porque la universidad queda muy cerca de la frontera con México y, por ello desde sus orígenes, ha tenido diversidad racial y de culturas; con esto se pudo gestar la revolución de Don Haskins, porque su base de operaciones le permitió la libertad de accionar según su conciencia.

También existen aspectos positivos en esta producción, como lo fue el manejo de los juegos, los cuales están repletos de emoción y de buenas jugadas, recreando a la perfección el estilo de juego del momento en que está situada la película pero con algunos toques del espectáculo que es la NBA hoy en día; esto le da movilidad a la trama y hace que la hora y media que dura la película sea bastante entretenida.

Algo que no se vio en la película es la importancia de la universidad. Esta casa de estudios fue la primera en otorgar licenciaturas para afromericanos y la pionera en contratar a un administrador con esta ascendencia. La universidad tuvo un retrato estéril en «Glory Road» y nunca se mostró que era la excepción en el sur, donde predominaba el criterio en contra de las razas que no eran blancas. De esa apertura nació la posibilidad de que Don Haskins cumpliera su labor entrenando a sus jugadores que se destacaban no por el color de su piel, sino por su calidad en la cancha.

«Camino a la Gloria» es una buena opción para ir al cine con la familia y no descuidar el hecho de que todos somos iguales, porque ante una cancha y un balón de cualquier deporte se desvanecen los colores, las posturas y los ideales. Todos somos iguales, tenemos un mismo corazón y el firme deseo de ganar.