Héctor el pregonero

La Real Academia Española define la palabra pregonero como una persona que divulga algo que es ignorado. Mi tío Héctor era sin duda una persona que respondía a este concepto; era, sin duda el hombre que no cabía en el reino de los cabilderos, cafres, cenutrios y adoquines, él era un vocero insigne de muchos conocimientos, los cuales se resumían en una de las palabras más poderosas del mundo y del acervo lingüístico del idioma que nació en Castilla: Amor.

Mi tío y padrino fue una persona que siempre se manifestaba, cada vez que tenía la oportunidad, para discernir cualquier cantidad de tópicos, porque suyo fue el don de la palabra y con ella conquistó corazones, amansó tempestades y sembró en cada persona que lo conoció una semilla repleta de sentimientos nobles.

Aunque «Chapatín» ya no está con nosotros, su legado queda y por ello se ha ganado la eternidad, porque siempre estará en nuestros corazones y en el futuro, porque sus palabras resuenan ahora más que nunca, en este momento.


Amante de las epístolas en tiempos en donde cualquier símbolo puede expresar un mensaje, mi padrino fue defensor acérrimo de los diálogos entre las personas y siempre alzó la premisa de que la conexión entre sílabas, la palabra, debería dejar algo más que vibraciones y sonidos. Por eso él fue su propio conejillo de indias y fue ejemplo de su hipótesis, por eso siempre en sus labios habían nuevas sonoridades y nunca se cohibió de decirle a las personas todo lo que sentía por ellas.

Héctor Montaner fue y es un gran tío, un gran hermano, un gran padre, un gran esposo, un gran hijo y un magnífico ser humano que dejó su sello, su marca en quienes lo conocieron y se rigió bajo el dicho de «hacer bien y no mirar a quien».


De este ser especial aprendí muchas cosas, entre las cuales destaca su modo particular de nunca dejar pasar la ocasión para decirle a los suyos lo que siente, de decir «te quiero» o «te amo», palabras tan profundas y a la vez tan sencillas y que muchas veces no se pronuncian, dejando de lado la oportunidad de demostrar cariño, solidaridad, amor… sentimientos que nunca se deben dejar de expresar a nuestros seres queridos.

ambién fue una fuente de consejos de todos los calibres y un promotor de escucharlos, especialmente cuando provienen de una madre, de un padre o de un hermano, porque a veces muchas personas se cierran ante su terquedad y luego lamentan no haber atendido el llamado de quien realmente quiere lo mejor para ellos.


Otra herencia de Héctor Montaner es la alegría, siempre la llevó consigo a todos los lugares y cada vez que tenía la oportunidad generaba a su alrededor risas a montones; fue ese otro de sus sellos, el de un ser humano repleto de virtudes que buscaba crear y disfrutar de los mejores momentos.
Mi tío, de cabellos blancos, era todo un héroe, de esos anónimos, de esos que todos los días hacía algo por el conglomerado de seres que se topaban con él en las calles, en su trabajo, en su casa; para muchos, él tenía la respuesta indicada, la que se constituía en bálsamo cuando todo parecía estar mal.


Otra de sus características era la facilidad de labrar futuros y, con su manera de ser, influenciar a muchos, especialmente en los proyectos a futuro; gracias a sus comentarios y ocurrencias, hoy en día un grupo de ciudadanos puede decir «yo soy lo que soy» gracias a una conversación de antología que sostuvo con el personaje en el que hoy se centra mi columna.


El tío Héctor fue en vida un agente de cambio; siempre procuró poner todo su empeño en mejorar las cosas y llenar el ambiente con pinceladas de buen humor; inyectó jocosidad a las reuniones donde participó; dejó mensajes donde invitaba a la reflexión; fue poeta; escritor; un alma variopinta rica en detalles, rica en sentimientos; fue un divisor de etapas y hay quienes pueden decir que sus vidas tiene un «antes de Héctor y después de Héctor».


Al igual que el personaje de la mitología griega que lleva su nombre, mi tío fue valiente como ninguno, enfrentó muchos obstáculos con su mejor ánimo y luego de superarlos, aprovechó las circunstancias para hacer crecer a otros con sus experiencias y demostró que, con risas, cualquier dificultad puede vencerse.


Yo sé que este pequeño homenaje no es suficiente para este gran hombre, pero espero que su ejemplo sea tomado en cuenta por quienes quedan y que entiendan que uno debe siempre luchar por los suyos y dejar el egoísmo de lado porque al final, lo que sembramos es lo que quedará de nosotros cuando ya no estemos.


El reino de los cielos obtuvo una gran adquisición y el mundo donde nosotros nos desenvolvemos se impregnó de tu presencia, porque siempre estarás vivo en nuestros corazones.

Ante tu ausencia aún espero ese grito de guerra que antecedía a tu entrada: «!Sobrino!», palabras que pronunciabas con la misma emoción de un maestro de ceremonias y que abrían, detrás de esa trisílaba, los telones a grandes conversaciones.


En estos momentos debes estar usando, como siempre, el sonido del vaso a falta de cascabeles o campanas. Esta vez estarás llamando la atención de San Pedro u otro Santo Mayor para comenzar a pronunciar palabras por tu arribo al reino del Altísimo; sin duda las nubes ganaron a un gran orador, a quien en esta dimensión ya era un ángel.

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